

Historia ilustrativa
“Había empezado a elegir dónde sentarme según la luz.”
Antes
Fue poco a poco y luego de golpe. A los cincuenta ya había dejado de mirarme la coronilla en los escaparates, y en los restaurantes siempre cogía la silla de espaldas a las luces. Mi mujer decía que a ella no le importaba. A mí sí.
La decisión
Estaba convencido de que había esperado demasiado, con muy poco pelo arriba para una sola sesión. El plan por escrito fue sincero con eso. Proponía dos sesiones, mostraba dónde irían los injertos y cuánto podía donar mi zona donante con seguridad.
La intervención
Dos sesiones con anestesia local. Antes de la primera, el médico dibujó mi nueva línea del cabello conmigo delante del espejo y me preguntó si me parecía a mí con cincuenta y dos años, no con veinticinco. Esa pregunta me convenció más que cualquier página web.
Después
Los primeros meses ponen a prueba tu paciencia: hacia la tercera semana se cae casi todo el pelo nuevo, tal como me habían avisado. Un año después pedí cita en la peluquería por primera vez en diez años y le dije al barbero que me lo dejara corto. Ahora me siento donde quiero.
















